Sobre el espectáculo
En el despacho de un potente fondo de inversión se discute sobre el futuro de un antiguo edificio que acaban de adquirir en el céntrico barrio de Lavapiés. Algunos de los reunidos son partidarios de convertirlo en un hotel, otros, en cambio, quieren hacer de esos cuchitriles apartamentos de lujo. A pesar se los diferentes puntos de vista, todos saben que haga lo que se haga con ese inmueble, el proyecto promete grandes beneficios.
Sólo hay un pequeño problema para alcanzar los objetivos económicos que ansían presentar en la próxima Junta de Accionistas, necesitan sacar a unas cuantas familias que se aferran a sus viviendas. Por supuesto, hay que hacerlo por las buenas, la mala prensa no ayuda a ningún negocio y menos las medidas que no suenen solidarias, altruistas e integradoras. Por eso están dispuestos a ofrecer unos miles de euros a cada vecino para que comience una vida fuera de su barrio.
Pero, contra toda lógica, esos vecinos han decido organizarse y abandonar el edifico con los pies por delante si es necesario.
De esta forma comienza el asedio silencioso y legal a una vecindad que elucubra como ganar la próxima batalla de una guerra que parece perdida.
Nota del director
Quizá este sea el espectáculo más personal que Club Caníbal ha llevado a escena. Siempre hemos trabajado sobre conflictos que atravesaban nuestras vidas, pero nunca con la violencia cotidiana que nos provoca la crisis de la vivienda. Analizar sus causas y comprobar la indefensión de buena parte de la clase trabajadora nos ha impresionado (y más aún la naturalidad con la que muchos han asumido su derrota).
La fragilidad social empuja a muchos hacia la salvación individual y la desconfianza hacia sus iguales. Alimentados por un discurso político que tiene su mayor arma en proteger al capital mientras señala al similar como enemigo. Comprender las motivaciones de cada personaje dentro de esta batalla por la vivienda ha sido uno de los grandes retos del proceso.
Resulta sencillo empatizar con quien defiende su hogar. Más difícil es mirar de frente al individuo o corporación que solo persigue el beneficio. Para quienes los que viven en un edificio son, apenas, obstáculos que deben desaparecer para liberar activos.
Los villanos aparecen en cada rincón de la historia humana. Más difícil es encontrar héroes. O quizás habría que mirar la figura del héroe de otra manera: alguien que simplemente se niega a abandonar su casa.
Se compran edificios y solares. Lo que no debería poder comprarse son los hogares y las vidas que contienen.
En una sociedad donde dos tercios del sueldo se destinan a pagar la vivienda, la libertad se reduce drásticamente. Dependemos de uno o varios trabajos para no quedarnos fuera del sistema. Nuestra estabilidad termina muchas veces en manos de la voluntad de un casero o de las decisiones de un fondo de inversión.La mayor debilidad de quienes luchan por permanecer en el lugar donde han construido su vida no suele ser la violencia directa, sino la destrucción de los vínculos que los unen. El capital compra voluntades con mucha más facilidad que edificios.
Y cuando la conciencia colectiva desaparece, cada familia queda aislada dentro de una sociedad que lucha por sobrevivir o por alcanzar una idea de éxito cada vez más inalcanzable.
Hemos tratado de evitar una mirada ingenua. Todos podemos comprender al villano. Quizás porque algo de él habita también en nosotros.
Así hemos intentado mirar a todas las partes: con sus contradicciones, sus conflictos y sus miserias.
Asombrados ante la realidad que nos rodea.
Intentando mantener una mirada ecuánime, aunque conscientes de que, cuando la vivienda deja de ser un hogar para convertirse en un activo, algo profundo empieza a romperse dentro de una sociedad.
Chiqui Carabante