Sobre el espectáculo
Clara y Ona son dos mujeres en la treintena que provienen de contextos socioeconómicos muy diferentes. Mientras Clara procede de una familia trabajadora, Ona ha crecido en un entorno burgués. Después de diez años siendo pareja, están a punto de casarse; pero la noche antes de la fiesta de bodas deciden cancelar el enlace.
Así que nos encontramos en un salón de bodas en el que todo está listo para un evento que se ha prometido y no va a cumplirse. Un lugar vacío, fallido, que deviene en dispositivo escénico a explorar.
Será allí donde las novias tendrán la oportunidad de mirarse de forma distinta, en ese limbo en el que uno no sabe si su relación ha terminado o si atraviesa una “crisis de crecimiento” y está a punto de florecer.
Por allí pasarán también algunos familiares desorientados ante la catástrofe: las madres de las novias debatidas entre el alivio y la vergüenza social, la prima que llega vistiendo sus mejores galas —pues es la única que no ha recibido el mensaje de cancelación—, el hermano aferrado a una lectura marxista de lo ocurrido, el sobrino pequeño causante indirecto del desastre… Todos ellos dibujan una comunidad, la nuestra, que en un tiempo tan aterrador como este necesita celebrar el amor.
Nota de la autora y directora
El título de este espectáculo contiene dos conceptos que siento controvertidos y por tanto apetecibles:
- Drama (entendido como ficción escenificada en la que querríamos confiar)
- Amor romántico (y su promesa de la pareja como el gran proyecto afectivo).
Me pregunto si las crisis que rodean a estos dos términos podrían estar relacionadas entre sí y si aún podemos afirmar el drama y el amor desde una perspectiva teatral contemporánea sin ser naíf. ¿Quizá tiene sentido reivindicar el drama y el amor como respuesta a un mundo cada vez más nihilista y fragmentado? Tengo muchas ganas de responder que sí. Ante el panorama que tenemos delante, el escepticismo y el sarcasmo tienen mucha razón de ser, además son atractivos intelectualmente, —para mí desde luego lo son—, pero ya no nos sirven para ponernos en marcha, ni en el teatro ni en la vida.
Con este drama romántico me gustaría explorar el amor no entendido como emoción (“siento o no siento amor” es un enfoque que me interesa menos) sino como acción: amar como propósito, como práctica de lo común que se aprende y se ejercita y que por tanto podemos enseñarnos unos a otros.
Me apetece también mirar el amor en su interacción con los recursos económicos, la clase social y, en general, con la idea de crecimiento. Al fin y al cabo, el crecimiento en pareja (emocional y material) es un motor muy fuerte del proyecto romántico. Y, sí, crecer es fantástico, pero también un imperativo agotador que podemos cuestionar.
En una entrevista hace algunos años, el director alemán Thomas Ostermeier dijo que representar el amor en el escenario es muy complicado y que este problema escénico había atravesado toda la historia del teatro. Me gustaría que este espectáculo nos permitiera disfrutar con este problema, mirarlo de nuevo, preguntarnos de nuevo en qué consiste agarrar la mano de alguien.
Lucía Carballal