Zamora. Aquí hay fantasmas.
Caminar por Zamora no es solo atravesar un espacio geográfico; es desplazarse por una arquitectura de ecos. Este dramawalker nace de la intersección entre lo que permanece –cada vez menos– y lo que se desvanece –puede que mucho, no lo sabemos–, y es articulado bajo dos ejes que sostienen la identidad de lo invisible: el fantasma y el rumor.
En este sentido, el fantasma puede ser definido por ser, precisamente, aquello que se muestra, que se revela, y veremos por qué. La palabra «fantasma» proviene del griego phantasma, derivado del verbo phainein (aparecer, mostrarse). Etimológicamente, el fantasma no es solo el muerto que regresa, sino aquello que se hace visible. En este relato, el fantasma es polisémico. Puede ser un recuerdo, alguien que te habla desde el occipital o una falange, un personaje histórico surgiendo de las grietas de la muralla… Pero también un comerciante o una castañera de la década de los 80, cuya imagen sigue suspendida en el frío de una céntrica calle y en la memoria de quienes aún la huelen.
Asimismo, invocamos aquí la hantologie: la idea de que nuestro presente está habitado por las promesas del pasado que no terminaron de cumplirse o por presencias que, sin estar físicamente, operan con una fuerza real sobre nosotros. Aquí conviven fantasmas de la historia, de la memoria reciente y otros puramente ficcionales; seres que pudieron existir o no pero que ya forman parte del censo sentimental de Zamora.
Y si el fantasma es la imagen que persiste, el rumor es el aire que la transporta. En una ciudad pequeña, el rumor no es solo cotilleo, murmullo; es una forma de justicia poética, una narrativa paralela a la oficial en la que se deforma la realidad para alcanzar una verdad más profunda: la de los miedos y deseos de una comunidad en la que lo no-dicho retumba en las miradas de quienes saben lo que ocultan.
Este audiowalk no pretende ser una dramaturgia causal cerrada, sino que se ha construido bajo la lógica del fragmento. Siguiendo la estela del pensamiento de autores como Blanchot, Pilar Carrera o las teorías sobre la fragmentación de la memoria, entendemos que la identidad de un lugar no se puede capturar en un todo absoluto.
Como un espejo roto, cada audio es una esquirla. Solo a través de la suma de estos pedazos —voces sueltas, relatos yuxtapuestos, ficciones que se cruzan con datos históricos…— el paseante puede reconstruir el mapa emocional de la ciudad. No buscamos la Verdad con mayúsculas, sino la verdad del fragmento, que resulta ser la de uno mismo: esa que se encuentra entre el susurro de un vecino y el silencio de una piedra románica.
Bienvenido, bienvenida, a esta Zamora (in)visible. Escuche con atención, porque algunos fantasmas están deseando que alguien les preste, por un momento, sus oídos para seguir habitando este bosque animado.
Las historias que componen DRAMAWALKER ZAMORA son:
Fantasmas de intramuros:
Misterio, de José María Esbec.
Con Eléonore Bisson y Olan de Castro Bisson.
San Torcuato: un bosque animado, de José María Esbec.
Con Sara Incera, Candi de Castro, María González y Carlos E. García.
El expediente de Santa Clara, de Alberto Martín.
Con Marichu García y Pablo Lorenzo.
Con la colaboración de Carla Martín y Rubén Aguilar.
Tránsito, de Eva Santos.
–Rumor, con Rosa Encinas.
–Silencio, con Rosa Encinas y Víctor Nández.
–Susurro, con Rosa Encinas, Carmela Núñez y María Jesús Chillón.
Fantasmas de extramuros:
Como un árbol, de Clara García Fraile.
Con Sara Incera y Miguel Álvarez.
Enterrar a un fantasma, de José María Esbec
Con Candi de Castro.